Isabel, la madre de Hugo, siempre había sido una mujer enigmática para aquellos que la conocían. Aunque vivía una vida sencilla en el pequeño pueblo, había algo en ella que parecía trascender la realidad cotidiana. Desde joven, había sentido una conexión especial con la naturaleza, una sensibilidad hacia las energías sutiles que otros no percibían. Su abuela, que también tenía ese don, le había enseñado sobre las hadas y las criaturas mágicas que habitaban en los rincones ocultos del mundo.
A lo largo de su vida, Isabel mantuvo esa creencia en secreto, compartiéndola solo con aquellos en quienes confiaba, como su hijo, Hugo. Cuando Hugo era niño, Isabel le contaba historias sobre las hadas, los duendes, y los misterios del bosque. No eran solo cuentos para entretenerlo, sino lecciones disfrazadas de fantasía, diseñadas para mantener viva la chispa de la fe en lo invisible.
Isabel había tenido su propio encuentro con la magia muchos años antes, cuando era joven. Un día, mientras paseaba por el bosque, encontró una pequeña hada atrapada en una telaraña. Sin dudarlo, la liberó, y en agradecimiento, el hada le concedió un deseo. Isabel no pidió riqueza ni poder, sino la capacidad de ver la belleza oculta en el mundo. Desde entonces, su vida estuvo marcada por momentos de profunda conexión con lo mágico, aunque nunca volvió a ver al hada.
Cuando Hugo nació, Isabel sintió que su hijo también tenía ese don, esa capacidad de creer en lo imposible. Le enseñó a respetar la naturaleza, a escuchar el susurro del viento y a no perder la fe en la magia, incluso cuando el mundo trataba de hacerle creer lo contrario.
Antes de morir, Isabel le dejó a Hugo su libro de cuentos, una colección de historias que había pasado de generación en generación en su familia. En ese libro, había un pasaje sobre un hada azul que sacrificaba todo por amor. Isabel nunca le contó a Hugo sobre su propio encuentro con la magia, pero sabía que, de alguna manera, él encontraría su propio camino hacia lo extraordinario.
Cuando Hugo encontró a Felicitit, fue como si las enseñanzas de su madre se manifestaran en su vida. El amor que desarrolló por Felicitit no solo le permitió honrar la memoria de su madre, sino que también le demostró que la magia, tal como ella le había enseñado, siempre había estado a su alrededor, esperando ser redescubierta.

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